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Los tres tercios de la fumada

Había una vez un viejo habanero que decía que en los habanos están “el principio,  el después y al final”, lo que casi corresponde matemáticamente con la clásica división de los tres tercios del puro.
Siempre se ha tenido por buena la tradición cubana de que hemos de referirnos al análisis de un cigarro a través de las percepciones que nos permiten la observación y degustación de los tres tercios y así lo hemos hecho.
Así lo entendía Winston Churchill, quien afirmaba que lo mejor de cada puro es la primera de sus tres terceras partes, afirmación que yo he compartido durante muchos años, aunque ahora ya tengo mis dudas.
Los mas viejos cubanos conocedores del mundo del “tabaco”, pues  en Cuba le llaman así al cigarro puro, han dicho siempre que el primer tercio es el más absolutamente fiel a las esencias, aromas y sabores tabaqueros.
El primer tercio, al que le llaman allá “pie”, ofrece del puro su más exquisito aroma, el dulzor –si lo tiene- y la frescura de una casi inexistencia de acumulación de nicotinas.
Posteriormente, el segundo tercio o “el después” que decía mi compay cubano, hace que la elevación de la temperatura nos ofrezca mayor potencia, aumento de fortaleza en los sabores y aromas mucho más definidos.
Esta parte también la han denominado en la isla caribeña como el cuerpo, pues de sus órganos centrales, con el desarrollo de la combustión, crecen las definiciones mas concretas de cada puro. 
En “el final”, o último tercio, los sabores tabaqueros explotan y ese el momento en que el gusto se concentra y se produce una pujanza más definida, en la que puede aparecer o no la agresividad para con nuestras papilas.
Esta última parte de cada cigarro la han denominado de siempre los tabaqueros como “la cabeza” del puro y en ella se producen las más altas cotas de persistencia gustativa.
Yo confieso que hasta hace unos años me pareció correcta la reflexión que se hacía el señor Churchill y disfrutaba enormemente de los primeros tercios de mis puros.
Con el tiempo fui dando paso a un deleite especial por los segundo tercios, pues de ellos sacaba –casi siempre- los mejores momentos de la degustación de un puro.
La cabeza, o el último de los tercios, era para mí una asignatura pendiente que mi padre –fumador de puros hasta sus milímetros finales- nunca comprendió, pues yo no solía  pasar del segundo tercio.
Pero también en ese aspecto he evolucionado y ahora me descubro a mí mismo en algunas ocasiones disfrutando de un cigarro hasta bien entrada esa parte final.
No obstante siempre depende de cual sea el momento del día elegido para la degustación, si el estomago está especialmente contento y –sobre todo- del tipo de puro que estoy degustando y confieso que me suele pasar habitualmente con algunas buenas pirámides.
De todo lo anterior se podría desprender que adecuamos la disciplina tabaquera de los puros a las observaciones clásicas, pero también he tenido ocasión de debatir con un magnifico aficionado del país de aquí al lado –Portugal- sobre las teorías de los tercios y demás “pretendidos dogmas” del mundo del cigarro.
Y les puedo decir que mi contertulio en Lisboa aportaba no ya razones sino libertades, para definir la no exactitud de las teorías y se preguntaba en voz alta –me preguntaba a mí, sin duda- por qué los tercios y no las mitades.
Después de compartir mesa, mantel y buenos cigarros durante varias horas, Alfredo me llegó  a convencer de que en el mundo de los sentidos y las sensaciones, querer “encajonar” las percepciones humanas en normas estrictas y nada flexibles no es lo más correcto.

Por fin, el acuerdo al que llegamos –como consenso- es que lo importante de los aficionados al mundo de los puros debemos disfrutar y exponer nuestras sensaciones con absoluta libertad y en función de lo que percibamos, sin sentirnos atados por nada, ni siquiera por ninguna de las teorías sobre los únicos e inigualables.
De todas formas yo me guardo esa libertad para seguir definiendo los cigarros que me fumo por los tercios clásicos o si lo desean por lo que decía mi amigo: el principio, después y al final.

 
 

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