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Los Habanos y las vacaciones

Si es cierto que el placer de degustar un buen habano requiere una determinada dedicación de nuestro tiempo y el deleite de apreciar sabores y aromas, no cabe la menor duda de que en los días de vacaciones quizás sean los momentos más idóneos para obtener lo mejor de nuestros cigarros.
La degustación de un puro demanda siempre esa atención que requieren las cosas bien hechas, por lo que en el momento de encender uno de nuestros cigarros favoritos el estado de ánimo y la predisposición para obtener un placer inmediato, alcanza su mejor equilibrio del año cuando estamos de vacaciones.
En un ambiente agradable, rodeados de nuestras familias y sin esas miradas colaterales hacia nuestros relojes –que yo personalmente no llevo jamás cuando estoy de vacaciones-, las sobremesas de nuestras vacaciones o veranos son unos de los momentos ideales para obtener esos pequeños matices de placeres que significa fumarse un buen cigarro para quienes somos habituales de los mismos.
Leer el periódico primero y un buen libro después, al borde del mar,  en las faldas de una montaña o simplemente a la puerta de nuestra casa en un pueblo, significa la primera parte de la jornada en la que dispondremos de tiempo para nosotros o nuestras familias, y de las que a mediodía pasaremos por una buena mesa de la que sin duda alguna quedaremos más satisfechos con unas sencillas comidas, quizás menos elaboradas que en la vorágine de nuestros almuerzos de trabajo durante el resto de los meses.
Es después de la misma, en medio de esa calma que puede preceder a la hora de la siesta, cuando podemos disfrutar.
Elegir el puro que deseemos degustar, hacer el oportuno corte conforme a nuestros gustos (hay quienes prefieren utilizar el pequeño bocado, la uña o el correspondiente cortapuros) y extasiarnos en quemar regular y lentamente los bordes del pie del cigarro hasta lograr la uniformidad de combustión deseada.
Ese momento, del que disfrutaremos esos días de vacaciones al borde del mar y debajo de los pinos, nos deparará las mejores apreciaciones de cada uno de los cigarros que encendamos. Más suave y aromático el primer tercio, algo más recio el segundo y la explosión de la potencia al finalizar.
Mejor dispuesto a fumar un cigarro de mayor envergadura cuanto más fuerte haya sido la comida, o de menor tamaño y más ligero, si las ensaladas o los platos menos fuertes del verano han sido la colación.
Luego ya a media tarde, podremos disfrutar en la calma similar a la de la mañana de un cigarro más ligero y que nos permita –al mismo tiempo- observar el paisaje, charlar con algún amigo o simplemente ver como se pone el sol en el horizonte.
Mas tarde, ya después de la cena podré volver a encender un nuevo cigarro que me obligará a contestar a la más joven de la familia cuando me interpele: “¿otro puro, papá?”, con una explicación de que  no es “otro”, es éste del que voy a obtener momentos de placer al aire libre y deseando finalizar el día como lo empecé, con la paz y sosiego que me da un cigarro entre los dedos.
 
 

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